Es un tema
bastante controversial, hay que
diferenciar entre ser una persona miedosa, hay personas que evitan las
películas de terror o son en exceso precavidos con los extraños. Esto no se
considera una fobia propiamente.
La forma en
la que el cerebro asocia que ciertos elementos representan un peligro para él,
es curioso. No deseo abordar el tema desde un punto burlón porque tenerle miedo
a algo que parece tonto sin poder
controlarlo, debe ser complicado.
Existen
diferentes fobias que en cada persona las reacciones son diferentes, en este caso me centrare
en una de las fobias más comunes como es
el miedo a la obscuridad. Este miedo a
la obscuridad como se lo ha conocido
siempre se llama Nictofobia.
Una vez que
se oculta el sol y se apagan las luces
del hogar, aparece el miedo a lo que hay donde no se ve. Puede ser un ruido, la
percepción de una sombra o cualquier otro suceso “tenebroso” lo que es la Nictofobia, el miedo irracional a la noche o a la oscuridad.
La
enfermedad se presenta comúnmente en niños, pero puede continuar cuando se
alcance la vida adulta si no se abordó correctamente a tiempo. En ambos casos
será día tras día una misma pesadilla vivida con ojos bien abiertos.
Esta
enfermedad que relaciona etimológicamente a Nix, la diosa de la noche, con
Fobos, el dios del terror, es un padecimiento casi tan antiguo como la
humanidad misma.
Ante un episodio
de nictofobia se presentan síntomas tales como sudoración, aumento del ritmo
cardíaco, cistitis, vómitos y mareos, bloqueo del pensamiento, entre otros
asociados a los trastornos de ansiedad. Y si no es tratada a tiempo, a mediano
plazo la enfermedad conduce a la pérdida de sueño, un incremento del estrés e
incluso enfermedades físicas.
Los motivos
más comunes que generan estos miedos son generalmente infundados por los padres
ya que por dar a sus hijos un castigo crean miedos innecesarios.
POR: ERIKA PUENTE

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